La corrupción ha matado a la izquierda del sandinismo oficial




“Los de arriba” han aprendido. También “los de abajo”

Por: Oscar René Vargas

Sociólogo



El despale indiscriminado en la Cordillera de Dipilto/Jalapa, la destrucción de la Reserva de Bosawás y las tolvaneras de León, hacen evidente la manera en que el capital y sus aliados gubernamentales cometen impunemente toda suerte de abusos al profundizar el despojo de los bienes naturales que caracteriza la situación actual. Revela también la resistencia que comienza a presentarse en diferentes partes del país.

La estrategia destructiva de “los de arriba” está encontrando sus límites naturales, humanos y sociales. Las movilizaciones sociales regionales y nacionales en contra de la concesión canalera y ahora se presenta por la tala de los bosques de la Cordillera Dipilto-Jalapa, ambas movilizaciones están mostrado vigor, capacidad de concertación, velocidad de respuesta de parte de los sectores sociales afectados por las decisiones del gobierno.

Pero mucha gente se sigue preguntando por qué nada pasa, por qué no se produce un movimiento social más amplio que ponga un alto al horror que padecemos, por qué seguimos soportando a esas clases políticas y económicas tan ¬incompetentes, corruptas y autoritarias.

La corrupción ha matado a la izquierda del sandinismo oficial y ha hecho daño a todos los sectores progresistas en el país. Cuando el afán de hacer plata se metió adentro de la política del sandinismo oficial mató la implementación de una política progresista. Hace tiempo prevalecen las condiciones que en el pasado produjeron protestas sociales y revueltas políticas importantes. ¿Por qué ahora no?

Es cierto que “los de arriba” han aprendido a prevenir y combatir la respuesta social. El gobierno usa nuevos procedimientos para impedir la identificación de esos problemas se expanda a otros sectores y propina castigo de los que tratan de ampliar las protestas.

Las técnicas de represión preventiva se combinan con el uso de provocadores y la infiltración de las organizaciones para dividirlas o lanzarlas al vacío. Pero no basta para explicar lo que está pasando o dejando de pasar. El cinismo y la impunidad de “los de arriba” parece sustentarse en lo que aparece como el fortalecimiento de la alianza de la nueva clase y gobierno con la vieja oligarquía, que seguimos llamando de derecha.

Tal evolución política-social se debe en parte al profundo desencanto con la forma en que han administrado el actual gobierno cristiano, socialista y solidario. Los diferentes sectores de la derecha tampoco está dando muchas respuestas, no creo que pueda hacer maravillas. Yo creo que estamos en un momento de cierto grado de estancamiento en Nicaragua, hay crisis de sucesión y falta de liderazgo alternativo en todos grupos y partidos políticos. En ese contexto, me da miedo los sin partido, los que no responden a ninguna disciplina y que pueden ser carne de cañón del narcotráfico organizado.

No sólo “los de arriba” han aprendido. También “los de abajo”. Los movimientos sociales y la revolución social del pasado reciente que removieron y sustituyeron a los viejos dirigentes de la derecha tradicional no produjeron los resultados que se buscaban. Causaron en general meros reacomodos en las cúpulas de la clase dominante, convirtiéndose en simples cambios en la gestión del Estado.

No es por miedo que no se produce un amplio movimiento social. Es cierto que la mayoría de la gente no quiere provocar la violencia que inevitablemente acompaña un alzamiento político social contra los poderes constituidos, pero tampoco parece ser éste el factor que detiene la forma tradicional de reaccionar ante una situación insoportable. Se ha sedimentado, en “los de abajo” la experiencia de que el mero cambio de dirigentes en la cúpula del poder es insuficiente y que ni siquiera las reformas de los aparatos estatales bastan.

Muchos miembros de “los de abajo”, todavía, apuestan al voto porque abrigan la ilusión de que algo cambiará con eso… o porque no ven otra alternativa. Pero otros más han adquirido la convicción de que sólo es posible confiar en su propia gente; no entregar su voluntad a ningún líder o partido.

Piensan que se sacudirán a “los de arriba” cuando hayan logrado que “los de abajo”, con su organización, puedan controlar el proceso de cambio e impedir que alguien aproveche las turbulencias sociales para hacerse de nuevo del control hegemónico del Estado.

La lucha es por elevar el nivel de vida de la gente o eliminar las políticas pública que busquen disminuir la desigualdad. Y para eso, es necesario avanzar en la construcción desde abajo y articular conscientemente las iniciativas, en forma horizontal y no sectaria.


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