El Acuerdo de París favorece a la industria y No la justicia climática





El Acuerdo de París opta por favorecer a la industria por delante de la justicia climática


Por Ekaitz Cancela


Los derechos humanos, así como la igualdad de género, han sido el eje central de la COP21. Por primera vez en un acuerdo internacional de semejante calado los compromisos de reducción de emisiones de CO2 serán vinculantes y progresivamente se tenderá a la desinversión en actividades altas en carbono. La transición justa hacia una sociedad del buen vivir dentro de los límites del planeta es por fin un hecho a celebrar.

No dejes que la verdad te arruine un buen titular, se suele decir, con humor, en el periodismo. La realidad es que la cumbre sobre el clima que más repercusión ha tenido en los últimos años ha sido “un desastre en comparación con lo que debería haber sido y un milagro con lo que podría haber sido”, según el análisis del activista medioambiental George Monbiot en The Guardian. El Acuerdo de París se ha adoptado entre aplausos y felicitaciones en la tarde del sábado 12 de diciembre. Laurent Fabius, ministro francés de Asuntos Exteriores y presidente de la Cumbre, lo ha calificado de “cambio histórico”. Ban Ki-moon, secretario general de las Naciones Unidas, coincide: “un texto histórico”.

“Al plantear por fin un objetivo a largo plazo muy por debajo de 2ºC y hasta 1.5ºC, abre una puerta al fin de la irresponsabilidad climática, entrando así en la era de la responsabilidad. Pero esta puerta es muy pequeña, ya que demasiados instrumentos y compromisos prácticos del acuerdo no están todavía a la altura de este objetivo a largo plazo”, dice el representante del partido ecologista español Equo en el Parlamento Europeo, Florent Marcellesi.

El clima es una cuestión de vida o muerte para millones de personas. Un grado arriba supone una mínima subida del nivel del mar y basta para ahogar las cosechas y las vidas de cientos de habitantes de las islas del Pacífico. Al respecto de los daños y las pérdidas que ya han sucedido y que se seguirán produciendo, el acuerdo finalmente le ha dado la relevancia de un punto aparte pero sin que haya responsabilidad ni compensaciones. En el último segundo del plenario, Nicaragua formalizó su protesta por la ausencia de un mecanismo de compensaciones e indemnizaciones.

El Acuerdo de París afirma que habrá 100,000 millones de dólares para adaptación y financiación pero se desconoce de dónde saldrán.

“La Unión Europea secunda el acuerdo. Si es aprobado por unanimidad por el pleno, será un avance histórico”, insistió en el lenguaje grandilocuente el Comisario de Energía y Clima, Miguel Arias Cañete, antes de que el acuerdo fuera ratificado por el plenario. Y fue aprobado, pero la inconcreción salpica el texto, como señala Climatetracker. Los derechos humanos solo aparecen en el preámbulo —la parte que carece de fuerza legal— y no en los propósitos.


“Que la COP21 sirva para algo dependerá de la responsabilidad no vinculante de cada país”


Según Marcellesi, hay instrumentos que no son coherentes con el objetivo a largo plazo de 1.5ºC como, por ejemplo, las contribuciones de los países que todavía se orientan hacia un aumento de tres grados centígrados. “Solo su pronta revisión a la baja permitirá acercarse a un mínimo”, expresa. Además, el hecho de que no esté presente en el acuerdo la aviación y el transporte marítimo hace “casi imposible llegar al objetivo a largo plazo” si no se regula este sector. Ambas tecnologías son responsables del 4 y 3,5 por ciento de las emisiones de CO2 mundiales, respectivamente.

El Acuerdo afirma que las decisiones que se toman en él son vinculantes, pero no consta qué consecuencia tendría no respetarlas. El eurodiputado deja un recado a los firmantes: “que la COP21 sirva para algo dependerá de la responsabilidad no vinculante de cada país”.

Protestas durante la Cumbre del Clima: "No soluciones falsas". Foto / DOMINIQUE FAGET



Organización española Ecologistas en Acción califica el “decepcionante” texto de “peligrosamente vago y abierto” que “abre la puerta a trucos contables en el cálculo de las emisiones y deja sin amparo luchas como la desinversión en combustibles fósiles [descarbonización] y el freno del fracking y las arenas bituminosas”.

“Luchar en favor del clima es una jodienda. Está ahí, siempre presente en la agenda, pero escondido; como si tuviera miedo a salir”, explica Lora Verheecke desde París, una exsindicalista en favor del medioambiente que cambió de lucha. “Era exasperante y te comía por dentro. Ver que rara vez ganabas porque nunca nada era lo suficientemente inmediato”. Ahora trabaja para el Corporate Europe Observatory (CEO) destapando desde Bruselas la influencia de las corporaciones en la toma de decisiones europea, muy presentes en todo lo que suponga el debilitamiento de la lucha medioambiental.

“El cambio climático no es una cuestión personal a la que las grandes empresas se opongan, solo que, agrupadas en grandes lobbies, quieren que no suponga un obstáculo al comercio”, opina Verheecke sobre un capitalismo feroz. Es una retórica con un cierto mimbre de razón: “más trabas ambientales para producir nuestros productos suponen menos beneficios y crecimiento económico”, añade en relación al siempre recurrente argumentario neoliberal. 


"Algunas de las multinacionales presentes en la Cumbre gastan millones en desarrollar fuentes de combustibles fósiles cada vez más sucias y peligrosas"

“Las reglas internacionales de comercio e inversión se han elaborado en los últimos 50 años para ayudar a las empresas multinacionales a que agarren los recursos naturales del planeta”, sentencia ahora la experta del CEO en un alegato contra la captura de la Conferencia contra el Clima.

Es a las afueras de la capital gala donde se encuentra el edén de las corporaciones. En la zona de La Défense, la sedes francesas de Shell, Total o Exxon Mobile cercan las negociaciones por el clima. La grandes energéticas no son las únicas. También están sus compañeras francesas de Engle y EDF, solo el 4 por ciento de la producción de esta última procede de energías renovables. A esta granada lista se suman Renault-Nissan y Volkswagen, cuya fama más reciente se debe al trucaje de las emisiones de sus coches. Bancos con el lema de “más mercado nos salvará” como Deutsche Bank o la Cámara de Comercio Internacional también copan los aledaños de la COP 21 en Le Bourget.

La presencia de las grandes empresas en la Cumbre del Clima no es baladí y tiene un porqué. El Gobierno francés afirmó que el sector privado pagaría una gran porción de la factura de la conferencia, hasta un 20 por ciento. “Se trata de algunas de las multinacionales que, al mismo tiempo que ponen su dinero en la COP21, siguen gastando cientos de miles de millones en desarrollar fuentes de combustibles fósiles cada vez más sucias y peligrosas, tales como las arenas canadienses de petróleo, el gas de esquisto y para perforar mar adentro el Ártico”, aclara la investigadora Lora Verheecke.

Se trata del greenwashing, un término usado para describir la práctica de ciertas compañías que dan un giro a la presentación de sus servicios para situarlos como respetuosos del medio ambiente ante la opinión pública.

Los ejemplos más evidentes de esta costumbre los protagonizan los principales patrocinadores de la COP21. Como la empresa pro-fracking Suez, que se ha adherido a la campaña de los 2ºC como si estos fueran suficientes para salvar al planeta. O Renault, que ha presionado en contra de los límites a la emisión de sus coches y en favor de la energía nuclear. Y también Michelin, implicada en la exportación de arenas bituminosas. Hay ejemplos en casi todos los sectores, como el bancario con Generali, que aparte de financiar la COP21, destina buena parte de sus inversiones a potenciar el carbón y otras energía sucias. Incluso el aeropuerto de París, que alienada con algunas aerolíneas, ha logrado poner fin a la propuesta de la Unión Europea de introducir un impuesto sobre las emisiones de gases de efecto invernadero producidos por los vuelos internacionales, como publicó The Guardian.


Acto en defensa de la justicia climática durante la COP21: "la financiación climática es una obligación". Foto / DOMINIQUE FAGET

Vattenfall es una empresa energética sueca que ha financiado eventos de la COP21. En cambio, ha presentado dos demandas contra Alemania bajo la Carta de la Energía. El primer caso condujo al debilitamiento de las normas ambientales en la ciudad de Hamburgo. El segundo, aún en curso, carga contra la decisión del país germano de eliminar gradualmente la energía nuclear para 2022 y desafía la finalización de los contratos de servicio con el gobierno.

Vattenfall abrió oficinas en París con el fin de beneficiarse de la liberalización del mercado de la energía hidroeléctrica y recibir concesiones en varias presas francesas. Sin embargo, cerró su oficina en julio de 2013 debido a la falta de resultados.

A parte de influir, las grandes compañías también han tenido un espacio reservado en eventos dentro y fuera de la Conferencia sobre el Clima. Durante el 4 y el 10 de diciembre, en el Gran Palais parisino se produjo una exposición llamada Soluciones a la COP21 que apadrinaron las ya citadas Suez y Renault.


"Petroleras como Total, Shell o BP hacen 'greenwashing' por un lado y por otro hacen 'lobby' contra el clima"

Por otro lado, el día 7 del mismo mes comenzó un foro por la innovación sostenible con ponentes de lujo entre la industria contaminante: BMW (incluido en el escándalo de emisiones de Volkswagen) o Vattenfal. Durante el tiempo que duraron las negociaciones de la COP21, otra media docena de actos fueron impulsados por el dinero, a veces negro, de destacados de la industria.

Los tickets para este coto privado de los fabricantes rondan a veces precios astronómicos. En torno a 1,200 euros para asistir a la cita con el nombre de Energía para el futuro que Total, Exxon y el banco BNP Paribas promovieron. Esta última institución protagonizó a finales de noviembre una polémica al afirmar públicamente que “dejará de financiar algunas plantas que funcionan con carbón en los países de altos ingresos”, mientras se hizo público que continuaría pagando para otras plantas en los países menos ricos.

Otros ejemplos de cómo el clima ha sido capturado llegan de una investigación de Greenpeace publicada en la portada del diario Le Monde sobre cómo la industria ha financiado a científicos para negar el cambio climático: 275 dólares la hora, 15,000 por un artículo de 8 a 10 páginas u 8,000 por una tribuna publicada en la prensa. La estrategia de inundar los medios de comunicación y otros canales fue la que la citada Exxon Mobile ha emprendido desde 1981. La petrolera fue consciente del cambio climático entonces, pero durante 27 años gastó 30 millones en think tanks para negarlo. También, gracias a los mecanismos de protección de inversores que propone el TTIP, Exxon demandó a Canadá por cancelar un proyecto turístico por ser inviable y contaminar demasiado.

No acaba ahí. Empresas globales de relaciones públicas entre las que destaca Edelman y Fleishman Hillard trabajan para que el mensaje sobre el clima de Total, Shell, BP y Barclays, entre otros, llegue a la mesa de los políticos europeos, mientras su actuación empresarial, como se ha demostrado, continúa en dirección contraria al clima. Esto queva más allá del greenwashing e implica hacer lobby en contra del clima, supone una inversión de entre 100,000 y 400,000 euros al año.

En la vitrina de trofeos del gran lobby contaminante hay diversas normativas europeas que murieron en el intento o quedaron moribundas. La captura de la COP 21 es la última de sus cazas.

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