Sesenta megarepresas terminan con la Amazonia, sus tribus, la biodiversidad... la represa de Belo Monte, el primer biogenocidio

Sesenta megarepresas terminan con la Amazonia, sus tribus, la biodiversidad... la represa de Belo Monte, el primer biogenocidio
 
Desde que los militares en el poder en los setenta decidieron explotar la Amazonia, el pulmón del mundo, ese mundo está enfermo. El expresidente Lula y su sucesora Dilma escriben el último capítulo de una historia lamentable



La construcción de una serie de enormes represas como elemento central del Programa de Aceleración del Crecimiento del Gobierno brasileño, pretende estimular el crecimiento económico del país mediante la creación de una enorme infraestructura de carreteras y presas.
Belo Monte representa una pieza fundamental en los planes de la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, para mejorar la infraestructura energética del país.
Dilma Rousseff, fue una de sus promotoras como ministra de Lula y lo considera como una de las iniciativas energéticas más importantes para la Amazonía. La primera de esas 60 represas, que deberá entrar en operaciones en 2015, es ésta de Belo Monte, construida a un coste teórico de unos 10.600 millones de dólares.
Su decisión es la última etapa de una larga batalla legal sobre Belo Monte. El gobierno de Brasil sostiene que el proyecto es crucial para el desarrollo del país, y que –además de crear unos 18.700 puestos de trabajo- generaría electricidad para 23 millones de hogares.
La represa de 11.233 megavatios sería la más grande del mundo después de la Presa de las Tres Gargantas en China y la de Itaipú, ubicada en la frontera entre Brasil y Paraguay.
Durante mucho tiempo, Belo Monte generó controversia: las ofertas se detuvieron tres veces antes de que la licitación fuese otorgada a la estatal Compañía Hidroeléctrica de San Francisco.
El proyecto de Belo Monte fue planteado en la década de 1970 por la dictadura militar que gobernaba entonces el país y reflotado en los últimos años por el Gobierno del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva. A este se le considera el verdadero motor culpable de un proyecto descabellado de 60 represas hidroeléctricas que cubrirán la Amazonia y dejarán sin tierra, vivienda y sin hogar prácticamente a todas las tribus que pueblan ese territorio. Según los planes de la actual presidente Dilma Rousseff tal megaproyecto estará terminado hacia el año 2025.


El Gobierno brasileño defiende la necesidad de Belo Monte para garantizar el abastecimiento de energía al país y niega que la obra vaya a inundar las tierras indígenas, pero obviamente no se necesita sino un mapa escolar para darse cuenta de la realidad... Los pueblos indígenas necesitan sus tierras para sobrevivir y, al haberlas habitado durante siglos, guardan un profundo vínculo espiritual con ellas. El mundo debe saber lo que está ocurriendo aquí, y es eso lo que mueve hoy a Diáspora. Debemos comprender que destruir las selvas y a los pueblos indígenas destruye el mundo entero.
Fiona Watson, experta de la organización de defensa de los pueblos indígenas Survival International, con sede en Londres, dijo a BBC Mundo hace unos días que la creación de empleos en la zona significaría "un enorme flujo migratorio a esa región, con nuevos pueblos y caminos que ejercerían una presión inmensa sobre los pueblos indígenas".
El año pasado la batalla entró en una fase crucial al comenzar el desalojo de miles de indígenas de sus hogares para comenzar las obras, que planeó hace años él o los gobiernos militares brasileños. La dimensión de estos proyectos amenaza con dañar o destruir amplias superficies de tierra, de las que dependen para su supervivencia numerosos pueblos indígenas, incluidos varias comunidades indígenas extremadamente vulnerables.
Pero la presidente Dilma Rousseff terminó ganando. Lula se movió en los medios internacionales e incluso llegó hasta Obama, que bendijo el proyecto aunque sin duda no pensó en los indígenas sino calculó en megavatios.
Un juez valiente estuvo a punto de destruir los planes destructivos de Lula y Dilma Rousseff, pero perdió
Antes de la toma de posesión de la presidente Dilma Rousseff pareció que Lula no iba cumplir su sueño, cuando un tribunal de Brasil suspendió los planes de construcción del gran proyecto hidroeléctrico -la megarepresa de Belo Monte- por razones ambientales.
El juez federal, Ronaldo Desterro, señaló en 2010 que la agencia de Medio Ambiente de Brasil (IBAMA) aprobó el proyecto sin garantizar que se cumplieran los 29 requisitos que se habían acordado.
El juez Desterro aseguró que el asunto que más le preocupaba era que la represa podía interrumpir el flujo del río Xingu, uno de los principales afluentes del Amazonas. El juez también prohibió al Banco Nacional de Desarrollo, BNDES, que continuara financiando el proyecto. Su decisión es la última etapa de una larga batalla legal sobre Belo Monte.
El mundo se ha sensibilizado a través de los medios para ayudar a crear un eco que lance a los cuatro vientos la débil voz de los pueblos de la Amazonia
Guando se observó hace pocos meses, tanto la presencia del ejército en traje de campaña y la llegada de miles de braceros, encargados, como en el caso de la represa de Itaipú, de mantener a raya a los indígenas, aparte de sus deberes puramente laborales, los nativos se asustaron y hubo movilizaciones locales a través de años anteriores, pero extremadamente débiles. Ahora gracias a los medios, la radio sobre todo y la Tv internacional, se han producido movilizaciones en serie y en serio.
Miles de personas tomaron las calles de varias ciudades de Brasil en protesta por la construcción de la primera de las megarepresas en la Amazonía, que obligará a desplazar a 50.000 indios y campesinos, según diversos movimientos sociales y ecologistas.
Las mayores manifestaciones fueron en las ciudades de Sao Paulo y Belén, capital del estado de Pará, en cuya región sur se está construyendo la que será la tercera mayor represa hidroeléctrica del mundo.


"La represa de Belo Monte significa la última puñalada al corazón de la Amazonía", declaró en Belén el presidente del Consejo Indígena Misionero, Erwin Krautler, quien es además obispo de Xingu, zona en que las obras inundarán 516 Km2 de selva y que obligara a desplazarse de sus hogares a miles y miles de seres humanos, cuyas tribus y comunidades instalarán “en otra parte” al quedar sus viviendas bajo las aguas.
Además de Belén, donde se concentraron unas 2.000 personas, y Sao Paulo, hubo manifestaciones más masivas y abigarradas con banderas, carteles y gritos en Brasilia, Río de Janeiro, Fortaleza, Joao Pessoa, Recife, Salvador, Santarém, Florianópolis, Cuiabá, Manaus y Belo Horizonte.
Los manifestantes entonaron consignas contra las obras, la compañía constructora y el gobierno y recordaron que cuentan con respaldo de diversos organismos como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), Amnistía Internacional y Survival International.
La nueva represa pone en peligro no sólo el hábitat y el alimento de los indígenas sino también sus vidas porque son vulnerables a cualquier tipo de enfermedad moderna como la gripe o cualquier contagio de tipo sexual
La presa, inundaría una extensa área de tierra, mayor que el Canal de Panamá-según vocean los manifestantes- desecaría grandes partes del río Xingú, destruiría la selva y reduciría las reservas de peces imprescindibles para la supervivencia de distintos pueblos indígenas de la zona, como los kayapó, arara, juruna, araweté, xikrin, asurini y parakanã.
Es decir, destruiría no sólo el hábitat en que han vivido siglos sino los medios de vida de esos indígenas que dependen de la selva y del río para alimentación y el agua.
La afluencia de inmigrantes a la zona durante la construcción de la represa ha comenzado a introducir la violencia en la selva a contagiar enfermedades a los indígenas, y se pueden sumar ya muchos factores que ponen en riesgo no sólo sus tierras sino sus vidas.
El Departamento de Asuntos Indígenas del Gobierno Brasileño, la FUNAI, ha afirmado que podría haber algunos indígenas no contactados en las cercanías de la presa, cuyo riesgo sería mayor, pues tienen muy poca resistencia frente a enfermedades del exterior que podrían ser mortales para ellos.
Los indígenas kayapó y otros de la zona llevan protestando contra la represa desde que su construcción se adoptó en los años setenta y los que por supuesto ni se contactó.
En una carta dirigida al presidente Lula da Silva, los kayapó declaran ahora lo siguiente: “No queremos que esta represa destruya los ecosistemas y la biodiversidad que hemos cuidado durante milenios, y que aún podríamos preservar hoy”.
El director de cine, James Cameron, fueron algunas de las celebridades que participaron en las campañas ambientalistas que se oponían al proyecto.
Sigourney Weaver se manifestó junto a indígenas de todo el mundo en contra de la represa de Belo Monte en Nueva York.


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